Deseo Heteronormaldito

Deseo Heteronormaldito

Hace algunos días se dieron a conocer los resultados de un estudio realizado por ComunidadMujer a más de 12 mil personas. El estudio rebela datos decidores sobre la carga mental que implica, mayoritariamente para ellas, el hacerse cargo de las tareas domésticas. El cuestionario arrojó que 7 de cada 10 mujeres (73,8%) en pareja con un hombre, afirman que se encargan de organizar, planificar y gestionar las tareas del hogar.

Esto puede tener consecuencias importantes en el deseo sexual de las mujeres.

Por lo general, se asume que el bajo deseo sexual en mujeres que están en pareja con hombres es un problema que reside en ellas. Como resultado, la búsqueda de causas y posibles tratamientos se enfoca en las mujeres. Aunque se consideran variables interpersonales al diagnosticar el bajo deseo o interés sexual, usualmente el contexto más grande queda fuera y el problema queda dentro (de la mujer).
La idea de que el bajo deseo reside en la persona, refleja una visión esencialista de la sexualidad, promovida por el modelo biomédico. En las visiones esencialistas de la sexualidad, el deseo sexual se considera una parte innata y universal de la biología humana. Se supone que está presente en todas las personas, al igual que en otros animales, y que está determinado por fuerzas evolutivas que nos impulsan a reproducirnos. Los enfoques biomédicos entienden el deseo sexual como el resultado de procesos fisiológicos, esenciales para nuestro normal funcionamiento y supervivencia. Los problemas como el deseo “bajo” se han enmarcado como el resultado de disfunciones físicas dentro de las personas.

El año 2021 Van Anders, S.M., Herbenick, D., Brotto, L.A. et al. publicaron The Heteronormativity Theory of Low Sexual Desire in Women Partnered with Men (La Teoría de la Heteronormatividad del Bajo Deseo Sexual en Mujeres Emparejadas con Hombres). Esta reveladora publicación presenta una mirada distinta sobre el bajo deseo sexual y atiende a una explicación estructural: la heteronormatividad.
Para mi esta publicación es una joya seminal. Desde hace muchos años he sido testigo de lo que aquí se plantea. No había leído algo tan claro y que permitiera ver con tanta nitidez, ese “algo” omnipresente que percibía de manera implícita en mi consulta; específicamente en el contexto de parejas heterosexuales en que la mujer tenia un “problema de deseo”.
Por otro lado, yo que me creía tan progre y de-construido (al menos en lo que respecta a mi relación de pareja) me di cuenta de que me queda mucho por avanzar.
Si tú que estás leyendo esto, eres hombre cisgénero heterosexual y sientes algún grado de irritación cada vez que escuchas palabras como patriarcado, heteronormatividad o equidad de género, te invito a que intentes dejar tus resistencias a un lado y sigas leyendo. Si estás emparejado con una mujer y quieres tener una relación más equitativa y satisfactoria, puede ser muy útil que aceptes mi invitación.
Es probable que muchos de los ejemplos concretos no apliquen a tu realidad. De ser así ¡felicitaciones!, pero de todas maneras intenta ver que hay más allá de esos ejemplos concretos.
Si tú que estás leyendo esto eres mujer cisgénero heterosexual, probablemente te sentirás identificada con mucho de lo que leerás a continuación. Si estás emparejada con un hombre y quieres tener una relación más equitativa y satisfactoria, te invito a que resistas la tentación de ir a refregarle estas páginas en la cara.
Esta puede ser una buena oportunidad para reflexionar juntos sobre algunos condicionamientos sociales, de qué sienten y piensan al respecto y de qué pueden comenzar a hacer diferente para construir un futuro mejor.

Entonces, ¿Qué es la heteronormatividad?
La heteronormatividad se refiere a un conjunto de estructuras y creencias sobre género/sexo y sexualidad. Estas posicionan a la heterosexualidad como lo normal, saludable, universal y deseable en general. La heteronormatividad se basa en un binarismo de género que posiciona a hombres y mujeres como naturalmente diferentes, complementarios y opuestos, y como compañeros reproductivos (Jackson, 2006; Schilt & Westbrook, 2009).
Los roles de género heteronormativos difieren para mujeres y hombres a tal punto, que son la base de esta teoría. ¿Cuáles son estos roles de género? Para las mujeres incluyen la ausencia de motivación sexual y la provisión de cuidados (por ejemplo, apoyo social, emocional e instrumental a los demás). Mientras que, para los hombres, incluyen un alto interés sexual, poder e independencia. Aunque la mayoría de las personas combinan estos rasgos, estas expectativas aún prevalecen y alejarse de ellas puede tener consecuencias. Las sanciones por violar las normas de género pueden incluir el estigma, las etiquetas despectivas como “zorra” o “mojigata”, el quiebre de relaciones y mucho más (Bay-Cheng, 2015; Butler, 2011; Cooke, 2006; Crawford & Popp, 2003; Fahs, 2011; Farvid et al., 2016; Wood & Eagly, 2012). Aún en la actualidad se sigue considerando que estos roles reflejan divisiones naturales. Esta suposición de naturalidad es un sello distintivo de la heteronormatividad.
Las autoras de La Teoría de la Heteronormatividad del Bajo Deseo Sexual en Mujeres Emparejadas con Hombres, plantean que hay una serie de caminos posibles sobre cómo la heteronormatividad podría influir en el bajo deseo (en mujeres emparejadas con hombres). Ellas plantean cuatro hipótesis: divisiones de género desiguales del trabajo doméstico, tener que ser la madre de una pareja, la cosificación de las mujeres y las normas de género sobre la iniciativa sexual. Estas hipótesis no pretenden ser una lista exhaustiva. El objetivo es mostrar cómo el bajo deseo en mujeres, puede no ser un problema en sí mismo. En cambio, refleja uno estructural: la heteronormatividad.
Revisemos a continuación cuatro de las hipótesis que explicarían cómo la heteronormatividad podría influir en el bajo deseo en mujeres emparejadas con hombres.

  1. Las divisiones desiguales del trabajo en función del género conducen a divisiones desiguales del deseo en función del género.
    Las mujeres suelen ser responsables del mantenimiento de la paz y las relaciones internas en el hogar. También suelen realizar tareas rutinarias y recurrentes como cocinar, limpiar y lavar ropa. Todas estas tareas se consideran de “control de agendamiento bajo”. Es decir, son tareas recurrentes y que se tienen que hacer “cuando se tienen que hacer”, independiente de las necesidades personales.
    Los hombres a menudo se encargan de las tareas de “control de agendamiento alto”; como cambiar enchufes, colgar cuadros, ordenar la bodega o lavar el auto. Son tareas que se realizan con menos frecuencia y con más flexibilidad (son menos urgentes; al menos para ellos…). Por lo tanto, tienen mayor control sobre cómo y cuándo hacerlas. Muchas mujeres informan frustración por la falta de rapidez y calidad de las tareas realizadas por los hombres. Esto se explica dado los altos estándares a los que ellas están sujetas y que han sido socializadas a priorizar. Estos estándares no son arbitrarios; son objetivamente razonables para cuidar la higiene, el mantenimiento de las relaciones, la cohesión familiar, etc., pero a menudo los hombres los consideran como si fueran arbitrarios y extremos (Lockman, 2019; Thompson & Walker, 1989; Hochschild & Machung, 1989).

Las desigualdades de género en las actividades de ocio, recreación y relajo también contribuyen al menor deseo de las mujeres. La cantidad de horas que tienen los hombres para estas actividades, como ir a jugar paddle o a tomar algo con los amigos, siguen superando con creces a la de las mujeres (Bianchi et al., 2012; Thrane, 2000).

Estas desigualdades a menudo tienen efectos negativos en los aspectos sexuales. Dado que las tareas del hogar pueden ser una fuente importante de estrés (uno de los mayores enemigos del deseo), sumado a que se van a apilando en una lista perpetua de cosas pendientes, es entendible que para muchas mujeres el sexo quede relegado a una prioridad más baja.
En este contexto, muchas mujeres tienden a sentirse más como madres que como parejas. Sentir que eres la madre de tu pareja no es precisamente un buen afrodisiaco. Por otro lado, nuestra cultura usualmente desexualiza la crianza y en particular la maternidad. Más de alguna vez he escuchado a una mujer que considera sexy a un hombre que carga a su hijo en brazos. Pero no tengo recuerdo de un comentario así cuando es ella quien lo hace. Menos aún si es que lo está amamantando mientras lo carga.
Por supuesto, hay mujeres para las que algunas tareas de crianza son gratificantes y se muestran reacias a renunciar a ellas. Sin embargo las que eligen no hacerlas (si es que tienen la opción) a menudo son penalizadas socialmente.
El reconocimiento por parte de las mujeres de las inequidades contribuye a su menor deseo. Reconocer, navegar o prevenir las inequidades es otra forma (no equitativa) de trabajo. Quienes se benefician de las desigualdades rara vez las perciben espontáneamente. En cambio, quienes se llevan la peor parte son quienes las reconocen, abordan y trabajan por el cambio (Duncan, 1999; Haraway, 1988).
El reconocimiento de las inequidades es solo el principio. Una vez reconocidas, solo pueden cambiarse cuando alguien hace el esfuerzo de desafiarlas o corregirlas, y esto puede generar resistencia o resentimiento (Lockman, 2019). Las mujeres a menudo tienen que pedirles a los hombres que compartan equitativamente el trabajo doméstico, relacional y de crianza, lo que comúnmente se denomina “regañar” (Hochschild y Machung, 1989; Latshaw, 2015; Thompson y Walker, 1989). Los impactos de las inequidadades podrían verse exacerbados para las mujeres marginadas que tienen incluso menos poder, motivación y/o capacidad para abordarlas.
Las imágenes de hombres haciendo tareas domésticas conocidas como “porno para mujeres” (Cambridge Women’s Pornography Cooperative & Anderson, 2007) plantean un punto más serio de lo que a menudo se concede. Pero antes de ponernos serios y en el caso de que no conozcas ese tipo de “porno para mujeres”, en la descripción de uno de los libros con este tipo de material dice: Prepárate para entrar en un mundo de fantasía. Un mundo donde la ropa se dobla sola, cenas deliciosas esperan y las flatulencias no son divertidas. Dale al sexo débil lo que realmente quiere: hermosas fotos de hombres macizos cocinando, escuchando, pidiendo instrucciones, acompañadas de subtítulos provocativos: “¡Me encanta una casa limpia!” o “Mientras tenga dos piernas para caminar, nunca sacarás la basura”.

Volvamos a ponernos serios. Lo que se plantea al respecto, es que no es solo la representación de un hombre que realiza una tarea doméstica, sino un hombre que realiza una tarea que muchos de sus congéneres se niegan a hacer.
Cuando las tareas se comparten equitativamente se podría liberar tiempo, disminuir el estrés y aumentar la cercanía y la confianza de maneras que son beneficiosas para la sexualidad. En un estudio titulado “¿Por qué se desvaneció la pasión?”, varias mujeres identificaron sus extensas listas de tareas como la causa de su bajo deseo (Sims & Meana, 2010). Una mujer declaró: “El sexo es simplemente… no es la prioridad en este momento. Prefiero asegurarme de que se paguen las cuentas, limpiar la casa, prefiero hacer las cosas que hay que hacer”.

2. Tener que ser la madre de la pareja mata el deseo sexual.
Esto ya se adelantaba en el punto anterior. Y los Simpson, nos lo adelantaron en su último episodio de la quinta temporada emitido en mayo de 1994. Si no lo has visto, este ha sido considerado uno de los mejores episodios de Los Simpson de todos los tiempos. Ahora bien, si nunca has visto Los Simpson, hoy puede ser un buen día para hacerlo.
Marge y Homero están pasando por una crisis matrimonial. En su desesperación, Homero le pide a Lisa (su hija de 8 años) que lo ayude a salvar su relación. Lisa le dice: “Papá, no puedes jugar trucos para que alguien te ame, hay una razón por la que la gente permanece unida, hay algo que se dan que nadie les puede dar.” Luego le aconseja que para volver con Marge recuerde qué le dio él que nadie más puede darle.
Tras mucho pensarlo, Homero se ilumina y le dice a Marge: “¡eso es!, ya sé que puedo ofrecerte yo que nadie más puede: ¡total y completa dependencia! Yo te necesito más de lo que cualquier ser humano en este planeta pueda necesitarte.”
Probablemente, para Homero decir algo así era lo más romántico que se le podía ocurrir. Sin embargo, Marge no lo vio con buenos ojos. Es probable que su deseo hacia Homero tampoco.

El cuidado, el afecto y la ternura son aspectos importantes en las relaciones exitosas a largo plazo. Sin embargo, es frecuente que estos aspectos no sean compartidos de igual manera entre mujeres y hombres en relaciones heterosexuales. Esta desigualdad no solo es injusta, sino que también va en contra de las normas contemporáneas de interdependencia relacional.
La interdependencia implica un sentido mutuo de cuidado, de apoyo simultáneo o secuencial (hoy por ti y mañana por mi), en una relación de iguales, amigos y compañeros sexuales. Cuando esto no ocurre, se puede pasar de una relación entre dos personas adultas, a algo más parecido a una relación de cuidador-dependiente o madre-hijo. Las mujeres terminan haciendo por sus parejas muchas de las mismas cosas que las madres hacen por sus hijos. Por ejemplo recordarles las tareas, organizar eventos sociales, comprarles ropa y asegurarse de que haya comida disponible.
Es importante destacar que no hay nada inherentemente no sexual en el cuidado o la dependencia. El cuidado dirigido a la pareja surgirá en algún momento para la mayoría de las personas. Frente a probelmas de salud, discapacidad, embarazo, posparto, etc. Además, no hay nada inherentemente no sexual en el acto de ser madre. Sin embargo, la relación entre las madres y aquellos a quienes cuidan no es sexual. Ser madre implica el cuidado de los hijos como una responsabilidad elegida. Por otro lado, los hombres pueden cuidar de sí mismos y el rol de cuidadora de la pareja, generalmente se asume debido a normas sociales, en lugar de ser una responsabilidad elegida.
Las inequidades en el cuidado y la ternura a lo largo de las relaciones contribuiría a la disminución del deseo de las mujeres. Por último, esto puede intensificarse debido a cambios importantes en la vida o situaciones (como cambiarse de casa o días festivos) que añaden carga extra a la función de madre-cuidadora.

3. La cosificación de las mujeres lleva su deseo a la baja.
Cuando la hetero-normatividad se centra en la apariencia sexual de las mujeres por encima de su placer, las socializa para que sean sexis en lugar de sexuales (de Beauvoir, 1952; Fredrickson & Roberts, 1997; Wiederman, 2000, 2005). Se las posiciona como objetos y sus cuerpos pasan a ser ofrendas que forman parte del contrato de la relación. La internalización de esta objetivación o cosificación -la autoobjetivación sexual- puede llevar a que el deseo de las mujeres dependa de si creen que son deseables o no.
Dado que las normas de belleza hetero-normativas son en gran medida inalcanzables, centrarse en ellas es centrarse en no cumplirlas. A su vez, una mayor auto-cosificación e insatisfacción con el propio cuerpo, se traduce en peores experiencias sexuales, menor placer sexual y menor deseo.
Por supuesto, no todo el placer por la apariencia implicaría cosificación. Algunas mujeres disfrutan o se enorgullecen de su apariencia y se revelan a miradas que las des-sexualizan o patologizan. Esto cambia el foco en la apariencia desde un escrutinio ansioso a uno de poder y placer. Un ejemplo de esto son las mujeres que aprenden a disfrutar de su gordura en un mundo gordo fóbico.
Cuando la apariencia de la mujer importa más que su placer y cuando verse sexy importa más que vivir su propia sexualidad, las mujeres son para el disfrute masculino. Esto conlleva a que los deseos y necesidades de las mujeres sean de baja prioridad. Así, el deseo de las mujeres a menudo se basa en si los hombres las encuentran deseables, lo que las puede llevar a dedicar mucho tiempo a su apariencia.
La identidad feminista influye en los vínculos entre el foco de las mujeres en su apariencia y su deseo. Las mujeres feministas reportan parámetros sexuales más positivos (Bay-Cheng & Zucker, 2007; Schick et al., 2008), lo que puede reflejar que el feminismo alienta a las mujeres a salirse de la valoración hetero-normativa de sus apariencias, por sobre su placer. Sin embargo, puede haber una “asociación curvilínea” entre la conciencia feminista y el deseo sexual, ya que es inherente al feminismo el reconocimiento de las desigualdades de género. Esto puede hacer que los ideales de belleza sean más evidentes, pero no por eso menos desconcertantes. De hecho, “salir de los ideales de belleza hetero-normativos” puede ser particularmente difícil para las mujeres emparejadas con hombres, puesto que estas imposiciones son en gran medida (aunque, no siempre) componentes centrales de las hetero-normas.
Otro punto a considerar, es que la ignorancia sobre la vulva y el clítoris impacta negativamente en el deseo de mujeres emparejadas con hombres. La educación sexual ha tendido a potenciar la hetero-normatividad, centrándose en las vaginas como “aparatos reproductores” (en los que el hombre pone su semillita) o “canales de parto”, a menudo omitiendo el clítoris. El sexo tiende a limitarse a “pene en vagina”, que muchas mujeres pueden disfrutar, pero para pocas es consistentemente orgásmico y/o muy placentero (Blair et al., 2018; Fahs, 2014c; Herbenick et al., 2018). Se plantea que la ignorancia que rodea a las vulvas y al placer sexual de las mujeres, se traduce en menor placer y deseo sexual para ellas (Fahs & Plante, 2017; Hayfield & Clarke, 2012; McClelland, 2010; Mead, 1973) .
El encuadre hetero-normativo de las mujeres como objetos sexuales puede implicar que el sexo es algo que los hombres les hacen a las mujeres. No sorprende entonces, que las mujeres estén sujetas a tasas más altas de abuso y agresión sexual (Muehlenhard et al., 2017).

4. Las normas de género sobre la iniciativa sexual contribuyen al bajo deseo sexual de las mujeres.
Todavía es frecuente que el sexo comience cuando los hombres lo inician (y lo terminan), y algunas mujeres se sienten incómodas dando el primer paso. A las mujeres se les ha enseñado a querer tener sexo cuando los hombres están listos. Muchas todavía se avergüenzan de su propio deseo, habiendo sido tildadas de “puta” si eran muy directas. Por otro lado, cuando rechazan una iniciación sexual, tradicionalmente han sido tildadas de “frígidas”, “mojigatas”, “engreídas” o “calienta sopa”.
Muchas mujeres sienten que no pueden negarse a tener sexo debido a temores justificados de violencia o privación de recursos. También es posible que se sientan incapacitadas a decir que no, debido a consecuencias menos graves pero igualmente significativas, como que sus parejas se vuelvan emocionalmente exigentes, retraídos y/o coercitivos (Katz y Tirone, 2010; Willis y Nelson-Gray, 2020). Esta posición de poco poder y vulnerabilidad (no elegida), podría dificultar el sentir deseo por un hombre, incluso en un vinculo de amor y confianza.
Dato Curioso: las mujeres con un mayor nivel de deseo son las con estudios universitarios, seguidas de las que tienen Formación Profesional. Las mujeres con menor nivel de deseo son las dueñas de casa. Estos datos se basan en el estudio realizado para el Instituto Andaluz de Sexología y Psicología, a cargo por el prestigioso sexólogo malagueño Francisco Cabello. Su estudio es considerado la mayor investigación a nivel internacional sobre el deseo realizada hasta ahora.

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